viernes, 11 de mayo de 2012
Recital para los funerales de la Srta. Stilnox
domingo, 4 de marzo de 2012
Ni una vez te vi llorar
ni siquiera un ápice
que te nublara un ojo.
Si acaso aquella vez en que dijiste:
"en unos días mi hermano morirá";
si acaso aquel dolor que de igual forma mantuviste
escondido, guardado,
reservado para alguna madrugada en que te sentiste triste, o realmente abandonado.
Ni en la claridad de las madrizas
de tus varios padres impuestos,
ni en la indiferencia de esa madre
a la que pese a todo amaste tanto.
Eras feliz,
en tu inocencia del niño
que en ti habitaba,
en la ignorancia del viejo
que te gritaba por dentro.
Eras, sin duda, feliz
como lo sigues siendo.
Pero aquella noche,
con el cansancio a cuestas
y un breve destello de porvenir,
abordaste el tren nomás para partir
y te quedaste dormido cerca de Apan
y al despertar te diste cuenta de que
eras un hombre.
Amaste, estoy seguro, la amaste
por eso decidiste hacer vida con ella.
Y cierta noche en que la luna
por la ventana entró,
abrazados ante el fulgor de la quimera,
la semilla fecundaste;
hiciste a un lado toda frustración...
Ni una vez te vi llorar,
ni cuando acudimos en caravana
ante el cadaver de don Hilario Herrera,
el que te dio apellido
y nada más.
Si acaso te apartaste
en un momento de la noche
para hablar con él a solas,
para despedirte de aquel viejo
al que en realidad no conocías.
Tu padre,
esa noche fue tu padre.
Lo reconociste en sus vicios
en sus ojos cerrados de muerto
donde también te reflejaste.
Tres días lo velamos
mientras observábamos el desfile
de hijos
y de nietos.
Tus hermanos
tus parientes
aquel ser tan parecido a ti
con su bigote mitad blanco, mitad negro.
En 72 horas apendiste
su historia,
todos sus males,
sus recuerdos.
Pero jamás juzgaste,
en un puñado de tierra
le echaste tu perdón,
como sólo un hijo puede hacerlo.
Mi desgracia fue llevar su sangre,
ese odio pretérito,
ese gen inevitable
que tarde o temprano lo destruye todo.
Somos demasiado iguales,
tanto que ya no nos parecemos.
Quizá nunca te lo dije
pero en mí
se duplicó tu miedo.
Hoy tengo ganas de partir
y despertar en algún punto
siendo hombre...
Y soñar que en un puñado de tierra
cabe de nueva cuenta
tu perdón.
Ni una vez te vi llorar;
ni siquiera en ésta.
martes, 14 de febrero de 2012
La luna ardiendo en la hoguera
alcoholizada y más herida que de costumbre,
sus piernas lucían el desencanto de la noche anterior,
eterna,
las medias rotas,
la luz a medias.
Al principio no pude reconocerle,
tuve que dar otro sorbo al vaso
que algunos de ustedes
en su pendejismo
dicen ver medio lleno.
Pero era ella,
definitivamente.
Al cabo de un rato,
después de afilar la sombra
e inhalar la última bocanada
del último cigarrillo
miré hacia atrás.
Todo era una pérdida.
Tomé los cerillos con prudencia casi paternal,
el galón estaba listo,
lo había llenado horas antes
y había esparcido su contenido
por todos los rincones
momentos después.
Sin embargo dejé todo como estaba,
el corazón envuelto con su respectiva
naftalina;
aquellos acetatos viejos
que traían siempre recuerdos
igual de pútridos.
La luna ardió en la hoguera.
El incendio es una obra de arte
y no obstante
una casa que se quema
nunca extingue el odio.
Ahí, recargada en la puerta,
ebria de espumas y espermas…
Me esperaba tu ausencia.
miércoles, 14 de diciembre de 2011
Tuve una noche muy larga:
media como tres kilómetros de insomnio
y dos pisos de sombras o fantasmas.
En la agonía de la almohada,
mientras fumaba el entresueño,
desenfundé la conciencia
y me puse a escudriñar el firmamento.
Nada.
Tuve una noche tan larga
que nunca hubo distancia,
ni en la preclara concepción de tu ombligo,
ni en la ausencia obligada de algún recuerdo.
Y tan largo fue el silencio
y tan generoso el olvido
que al llegar la luz del alba
Esta noche...
Esta noche apesta a luna
y sé que ella intentará dejar la jaula,
escapar de aquella jaula
donde hace años
la encerré.
El corazón le sigue aullando
mientras el vino del invierno,
con sus ácidos sabores de uva añeja
Pinot
escaldan la entrecortada lengua.
Esta noche apesta a luna
hiede a ella.
Algún recuerdo
y un relámpago
encendieron,
como siempre,
las hogueras.
lunes, 14 de noviembre de 2011
jueves, 10 de noviembre de 2011
Parte Uno (Elisa)
La emancipación flotante, palabras crudas. En algún punto de esta ciudad, insignificante, como yo, despierta. Hoy salí temprano, casi al alba. Caminé hasta la estación del metro, en un antiguo aparador de alguna tienda de ropa que contrastaba con la modernidad de las prendas exhibidas logré observar ciertas presencias, mi rostro anciano era igual al de los maniquíes hartos de permanecer de pie por una eternidad sin más retribución que la generación de sueños. Pobreza versus riqueza. La soledad tiende a agotar toda fuerza. Roer mentalmente las reliquias heredadas, sudar el último rastro de humanidad, abrazar la enfermedad. Había un hedor brotando desde el suelo. Llegó el tren, pero jamás lo abordé.
Hace tiempo que visito este café, suele estar vacío a estas horas. La música de fondo es siempre distinta, psicodelia, ritmos ámbar o azules, permite la hipnosis.
Cuadros repetitivos. A veces miro (con el zoom in de mis ojos) las perfectas piernas de las niñas, torneadas a base de obsesivos ejercicios, sus faldas, los pequeños pechos de lámina brotando como flores primaverales pero artificiales, ansiando cada vez más el silicón. Destellos, fantasías, la decoración emanando indescifrables sexos. Todo morbo. Abro el periódico o quizá alguna revista, nada me interesa; los mismos muertos de siempre con otros nombres, la misma basura política, adornos de una época en decadencia. Aquí envejezco, mientras la muerte me lame los tobillos o la sombra. Titulares sin sorpresas. Qué de extraordinario tiene el que una mujer salte al vacío desde las alturas de una torre. Tarde o temprano muchos la seguiremos, justo como ella siguió a los que la antecedieron.
Detrás de aquel anuncio apareció la luna, al principio no presté atención. Fue clave para el ascenso de la mirada y, de pronto, esa ventana abierta revelando los misterios de un encuentro. Exhibición gratuita. Un par de voyeurs perdidos, uno en el otro, clavadas las pupilas en una sola imagen, ancestral, renovada y a la vez tan perenne. La savia, el roce, pieles y frases dilatadas. La espuma del amanecer formando efigies. El sol. Algún día todos los astros brillantes se apagarán, todo volverá al origen. Demonios, ángeles, siempre a la espera de las almas en una lucha bizarra.
Tengo 500 euros, una fortuna… que gastaré sin duda… en putas, tabaco y alcohol.
Elisa no es una mujer, es un cyborg creado por cierta empresa líder en robótica. Ahora tiene los pies descalzos sobre la alfombra. Creo que adquirió conciencia de sí misma. Suele pasar después de varios años, en ocasiones “cobran vida”, me dijeron al momento de adquirirla. Fue todo un reto; armarla siguiendo incomprensibles instrucciones asiáticas, ingresar los softwares: cocina, idiomas, kamasutra, artes. Aceitarla cada noche, limpiarla, recargarla, educarla como a un aprendiz de vida. Y luego un día preguntó con su voz metalizada: ¿qué cosa es la muerte?
-Algo que jamás obtendrás por tus propios medios- contesté con un susurro. Y era cierto, nunca escuché, al menos hasta ese día que un ser de hojalata propiciara su propia extinción. Había una instrucción contundente pregrabada en sus cerebros: ¡No puedes, bajo ninguna circunstancia inmolarte, suicidarte o aniquilarte! Elisa logró, pese a todo, encontrar la ecuación, el código binario para burlar el moderno mandamiento.
Lluvias intermitentes, calzadas mojadas, la luz el tiempo y el espacio rodearon mi silueta. Estoy demasiado asqueado de mí y de los demás, tanto que la próxima vez me negaré a nacer de nuevo.
-What do you see when you see me? I’ see the sea.
Cuestionamientos estúpidos, respuestas vanas. Elisa encendió su radio interno, una arcaica canción inaugural de cierto género retumbó entre sus pechos, firmes como soldados de una nación bélica que jamás fueron a la guerra mas siempre la anhelaron. Afán de intoxicarse al roce de un vestido largo, medias, ligueros y unos tacones que empujan hacia otra existencia. Elisa abrió las piernas, levantó su falda… expulsó un sueño originado en su vientre y aunque lo sabía mío jamás lo reconocí. La cobardía posee diversos rostros, justo como el engaño. Es increíble cuánto puede soportar un cyborg. Desprecio, orfandad, castigo… todo lo soportaba Elisa, sin denunciar, sin alzar siquiera la voz. Pero esa perfección también tiene precio. Lo supe después. Hoy me arrepiento.
Deberíamos decretar como ley inapelable y ecuménica el registro dental, por si morimos calcinados o uno de esos asesinos seriales (auspiciados por la actual presidencia) nos realiza cualquier día de estos un trabajo ex profeso y completo mientras andamos las calles. Caminar aquí se ha vuelto más que peligroso, es un acto real de supervivencia, un deporte extremo. La acera es como un dardo, cuando menos se espera nos otorga un asalto, una violación, un golpe. Cuchillos afilados a cualquier hora del día o cañones sucios, previamente salpicados de sangre, cualquier tipo. Y más vale traer consigo dinero. Los hospitales ahora ofrecen promociones.
Sin embargo, compré un seguro de vida inútil; cubre todo tipo de muerte… menos el suicidio. No lo puedo utilizar para pagar las deudas.
-Me encanta Bet, con ella se construye Bereshit y marca la comunión entre el cielo y la tierra, hombre y mujer, la casa y la pertenencia. Es la dualidad omnipresente del cosmos que todo lo ordena. Apunta al Alef en una esquina, sabedora de su origen y deja abierta siempre la puerta para el porvenir. Atisbó Elisa en otro momento de lucidez creadora.
Pero “esperanza” es una palabra demasiado peligrosa, igual que “ilusión”. De todas formas nunca comprendí del todo la Torá, menos la Kabalah, quizá sólo un poco El Zohar, este sí es un texto de esplendor.
Y en efecto sus palabras, cada letra pronunciada por esa boca tan aparentemente fría cobraba vida cuando las pronunciaba frente a algo que desconocía. Tenía esa magia casi pueril de renombrarlo todo desde su perspectiva.
Hacinados los recuerdos no quedan garantías de cordura. Sé que me repito, quizá para que alguna vez, cuando todo vuelva a ser “normal”, alguien me lea. El futuro es justamente esto, simulación de realidad para el arte del gozo corpóreo. Por fin la carne olvidó aquello que los esperanzados llamaron en su tiempo espíritu, hálito, alma. Importa lo físico, lo palpable, la materia.
Elisa, triste, cargó la escopeta.
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miércoles, 9 de noviembre de 2011
Mantarrayas
Cuando el abuelo cerró los ojos curiosamente dos estrellas dejaron de brillar en el firmamento. Esto nadie lo notó. Sólo yo que, de algún modo, intuía lo que pasaría aquella noche.
Por la tarde fuimos hasta el mar. Ahí, sobre la arena, con los pies descalzos sintiendo por primera vez aquel prodigio aún tibio las dudas me invadieron.
-Abuelo- pregunté, ¿cómo son las mantarrayas?, ¿a qué huelen, a qué saben?, ¿cómo se manifiestan?
El viejo se había quedado atrás, contemplando no sé qué cosas. Levantando algo que pronto escondió entre sus manos a manera de caparazón.
No hubo respuesta.
Recuerdo el hecho como si hubiese sido hoy.
Hace ya tanto de eso.
Décadas, siglos; la vida siempre ha sido un instante tan eterno.
¿Cuándo perdimos la infancia?
Metros más adelante comenzó a reír.
-Sabes hijo- manifestó con su voz ronca como el oleaje de agosto, todavía eres muy joven, pero cuando crezcas tus preguntas serán seguramente otras: ¿Cuánto debo, cómo pagaré, qué color de auto elegiré, quién será la dueña de mi vida? Y cuando tengas descendencia alguna vez caminarás con ellos por la playa, escudriñando el cielo o el horizonte y tus preocupaciones se desvanecerán al escuchar ¿cómo son las mantarrayas, a qué huelen, a qué saben?
La incógnita más importante en este caso es quién las ha pintado así.
Creció la marea.
Esa madrugada, sin responder… el abuelo fue sorprendido por la muerte.
Aún pretendo clarificar esa extraña manifestación de la naturaleza.
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